Cada día vemos accidentes en las calles: piernas rotas, vidas que se apagan en segundos. Muchas de esas tragedias involucran motos. La moto es libertad, trabajo y supervivencia, pero también se ha vuelto una forma rápida de morir cuando se maneja sin respeto, sin casco y a toda velocidad.
El problema no son solo las vías ni las leyes, sino la actitud: giros bruscos, saltar semáforos, invadir bordillos, correr como si el tiempo fuera enemigo. Muchos motorizados se olvidan de que detrás del casco hay una familia entera esperando. No basta con “tener reflejos”; hace falta responsabilidad, paciencia y amor por la propia vida.
Es hora de un cambio: respetar señales, bajar la velocidad, ponernos el casco, decirle que no al alcohol antes de conducir. Que la moto deje de ser sinónimo de tragedia y se convierta en símbolo de prudencia. Porque llegar a tiempo no tiene sentido si no se llega vivo. Ya basta de normalizar muertos en la calle.