Hablar de educación en la Venezuela actual, es hablar de resistencia. Pero cuando a los desafíos estructurales, económicos y sociales que ya gravitan sobre nuestras aulas se le suman dos sismos recientes, el panorama nos obliga a detenernos y repensar con urgencia qué significa hacer escuela hoy.

Un terremoto no solo sacude la tierra; estremece los cimientos físicos y emocionales de una comunidad entera.

Para los niños y jóvenes, el aula representa mucho más que cuatro paredes: es el espacio seguro, la rutina que salva, el refugio donde el futuro se sigue construyendo a pesar de la incertidumbre. Ver escuelas afectadas o colapsadas por movimientos telúricos nos confronta con una vulnerabilidad dolorosa, pero también enciende una chispa inquebrantable.

La nueva Venezuela que demanda nuestro presente, no puede levantarse sobre cemento e ideas frágiles.

Reconstruir los espacios educativos tras estos sismos va mucho más allá de levantar paredes o reparar techos; exige un diseño de infraestructura verdaderamente sismorresistente, planes de gestión de riesgo actualizados y, sobre todo, una atención prioritaria a la salud emocional de docentes y estudiantes.

Educar en este nuevo escenario requiere docentes formados para contener el miedo, directivos con capacidad de respuesta rápida y un Estado que asuma la escuela no como un gasto, sino como la inversión vital de supervivencia nacional.

Los sismos pasan, pero la educación que sembremos hoy en medio de la adversidad es la que sostendrá el país del mañana. La tierra tembló, y seguirá temblando. Pero la vocación de enseñar y el deseo de aprender siguen firmes, probando que el futuro de Venezuela se niega a derrumbarse.

Por: Ada Charles
Abogado, madre, esposa, hija, hermana, amante de la Libertad y Concejal de Lechería.

Comparte en tus redes