Esta madrugada, el cielo del norte de Israel se tiñó de alertas y luces de emergencia mientras decenas de proyectiles cruzaban la frontera desde el Líbano. Desde las Alturas del Golán hasta el interior del país, en dirección al mar Mediterráneo, se escucharon explosiones, sirenas y llamados a refugiarse en zonas seguras.
Las familias que viven en pequeños pueblos del norte describen un ambiente de tensión contenida: vecinos que se comunican por grupos de WhatsApp, padres que revisan continuamente las notificaciones de las fuerzas de seguridad y jóvenes que graban desde ventanas y balcones, registrando el momento con el celador.
En las últimas horas, el fuego coordinado de cohetes y misiles ha reforzado la sensación de que esta región se ha convertido en el primer frente de un conflicto que ya no se limita a fronteras físicas, sino que se extiende por el aire, la tecnología y las redes sociales. Cada alerta, cada impacto, se convierte en un nuevo capítulo de una historia que parece no encontrar un punto de pausa.
Más allá de las cifras y las declaraciones oficiales, lo que más duele es la normalización del miedo: escuelas vacías, actividades suspendidas y rutinas que se detienen cada vez que suena la alarma. Para muchas personas del norte, estar “preparado” ya no es una opción, sino una condición de vida.
Aun así, en medio del caos, surgen gestos mínimos pero poderosos: grupos de voluntarios que reparten agua y comida, médicos que amplían sus turnos y vecinos que se organizan para proteger a los más vulnerables. En estos momentos, la cotidianidad se endurece, pero también se humaniza, recordándonos que, incluso bajo fuego, la solidaridad sigue siendo el contrapeso más fuerte frente a la guerra.