Nos despertamos en una Venezuela que, una vez más, nos pone frente al espejo de nuestra propia vulnerabilidad.
Tras dos devastadores terremotos que sacudieron nuestra tierra, que cobraron tantas vidas humanas, altas pérdidas materiales, sumados al agotamiento acumulado de años de crisis económica y humanitaria, es natural sentir que el suelo, literalmente y en sentido figurado, nos falta bajo los pies.
El cansancio es inmenso y la incertidumbre, a veces, nos roba el aire. Pero hoy quiero hablarles con el corazón en la mano, de venezolano a venezolano.
Es probable que, en estos días, a muchos les invada una extraña sensación de culpa. Esa pesadumbre que surge cuando suena la alarma y debemos volver al trabajo, cuando intentamos retomar la rutina, o incluso cuando nos permitimos una pequeña sonrisa en medio de tantas noticias tristes. No puedes culparte por seguir vivo.
Reincorporarse a la vida no es un acto de indiferencia ante el dolor; es un acto de valentía suprema y responsabilidad con nosotros mismos y nuestras familias.
Un país no se levanta con los brazos cruzados esperando el milagro, se levanta con el esfuerzo diario de quien madruga para emprender, de quien enseña, de quien construye y de quien, a pesar de las cicatrices, decide que su familia merece un mañana mejor.
Nuestra verdadera riqueza es la fuerza e ímpetu de seguir adelante. Es la capacidad de ser resilientes y empoderarmos en reconstruir nuestras vidas y nuestro país a pesar del dolor. Es el seguir siendo solidarios con quién más lo necesita. Es estar organizados y enfocados en contribuir con nuestras mejores y mayores capacidades. No es momento de la improvisación, es el momento de la planificación responsable.
Ayudar es la manifestación más noble de un ser humano a otro en momentos difíciles.
Tender una mano al vecino que perdió a su familia o perdió su techo, y que probablemente hoy sea un desplazado, y no sepa como sobrevivir ante la pérdida y una nueva realidad, niños que entienden poco y merecen una vida de ilusión.
Dar una palabra de aliento a quién se siente desprotegido ayuda.
La verdadera nobleza de nuestra gente brilla con más fuerza en la oscuridad; allí es donde demostramos que, aunque nos falte todo, no nos falta el espíritu de hermandad.
Imaginen por un momento el resurgir de nuestra país. No hablo de una ilusión lejana, sino de la reconstrucción real que estamos llamados a liderar con las capacidades que ya tenemos y desde nuestros espacios. Desde nuestro metro cuadrado.
Tenemos el talento, la formación y el temple para edificar un país a la altura de lo que soñamos. Venezuela no es el caos que nos rodea; Venezuela somos nosotros, nuestras manos trabajando y nuestro compromiso de no dejar a nadie atrás.
No perdamos la fe. Los escombros son temporales, pero la voluntad del venezolano es eterna. Sigamos adelante, un día a la vez, cuidándonos entre nosotros, trabajando con rectitud y manteniendo viva la esperanza. El amanecer siempre llega, y estoy convencida de que juntos, reconstruyendo desde nuestra esencia y nuestra solidaridad, veremos a Venezuela brillar de nuevo.
La reconstrucción empieza en cada uno de nosotros, empieza en casa, empieza en la calle. Empieza con nuestros valores, principios y ética.
Vamos a levantar el país, porque ese es el único camino que conocemos: el de la esperanza que se convierte en acción.
Por: Ada Charles
Abogado, madre, esposa, hija, hermana, amante de la Libertad y Concejal de Lechería.
