Del laboratorio político que ha sido Venezuela durante las últimas décadas, ha surgido un fenómeno que bien podríamos llamar «Democracia Distópica».
No es simplemente la ausencia de libertades, sino una estructura donde los mecanismos de participación, el discurso de soberanía y las instituciones, coexisten en una tensión contradictoria con la realidad cotidiana de sus ciudadanos.
La distopía no se manifiesta solo en el caos, sino en la normalización de lo absurdo.
En Venezuela, el camino democrático se ha visto plagado de paradojas: procesos electorales constantes que no siempre traducen la voluntad popular en cambio real, y un marco legal robusto que a menudo se siente ajeno a la justicia de a pie.
Esta desconexión genera una fatiga social donde el ciudadano se siente un espectador de su propio destino. Sin embargo, es precisamente en el reconocimiento de estas grietas donde reside la semilla de la transformación.
La distopía nos obliga a mirar de frente lo que no funciona para dejar de intentar «reparar lo viejo» y comenzar a imaginar lo nuevo y empezar a construirlo.
Convertir esta realidad en una utopía existencial no se trata de perseguir un ideal inalcanzable o un paraíso de ficción. Se trata de una «utopía de lo posible», basada en la reconstrucción del tejido humano y ético del ciudadano. Debemos pasar de la queja frente a la distopía al compromiso con la utopía. Esto implica entender que el país no se reconstruye solo con ladrillos, sino con confianza, verdad y justicia sostenible.
Hoy, el reto es transformar las contradicciones en puentes. La utopía existencial es, en última instancia, el derecho de los venezolanos a vivir en una realidad donde sus leyes, sus sueños y sus esfuerzos finalmente coincidan.
Ada Charles
Abogado, madre, esposa, hija, hermana, amante de la libertad y Concejal de Lechería.
