La inversión en el sistema de salud pública de Venezuela no es solo una necesidad técnica o económica; es un imperativo moral urgente. Detrás de las cifras y los diagnósticos de un sistema colapsado, hay rostros humanos: familias ajustando presupuestos para comprar insumos básicos, médicos trabajando con recursos mínimos y pacientes que enfrentan esperas prolongadas en momentos de alta vulnerabilidad.

Invertir en la salud pública va más allá de recuperar la infraestructura o reabastecer inventarios de medicamentos e insumos quirúrgicos. Significa, ante todo, reivindicar la dignidad del paciente venezolano. Un sistema asistencial con sentido humano garantiza que cada persona, independientemente de sus recursos, reciba una atención oportuna, respetuosa y de calidad en espacios adecuados y seguros.

Recuperar la red hospitalaria requiere un plan integral que combine la modernización de los centros de salud pública con la promoción de alianzas estratégicas y el fortalecimiento de la atención primaria y especializada. Cuando un país prioriza la salud, no solo cura enfermedades; protege el bienestar integral de su población, devuelve la tranquilidad a las familias y construye las bases de un desarrollo social sólido y equitativo. La salud pública digna no debe ser un privilegio, sino una garantía fundamental.

Por: Ada Charles
Abogado, madre, esposa, hija, hermana, amante de la Libertad y Concejal de Lechería

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