En cada rincón de Venezuela, la energía eléctrica es mucho más que un servicio público: es la fuerza que sostiene el ritmo vital de los hogares y la dignidad de las familias.

Cuando la luz se apaga, no solo cae la penumbra en nuestras calles; se interrumpe la conversación familiar, se quiebra la tranquilidad de la madre que cuida la alimentación de sus hijos, se pone en riesgo la salud de nuestros adultos mayores, además de las personas que atraviesan enfermedades y dependen de un equipo eléctrico.

La electricidad es, en el fondo, la certeza cotidiana de saber que nuestra calidad de vida y nuestros esfuerzos laborales no penden de un hilo.

Una red eléctrica confiable y estable es la columna vertebral de cualquier economía próspera. Sin un suministro robusto, el comercio local frena su crecimiento, la pequeña y mediana empresa opera con incertidumbre, los sectores productivos ven limitadas sus capacidades para generar empleo e innovación, los colegios y universidades interrumpen su dinámica académica, perjudicando la calidad y futuro del estudiantado. La energía es el motor que transforma el talento y el esfuerzo diario del venezolano en progreso concreto, permitiendo que la industria trabaje a plena marcha y el comercio mantenga sus puertas abiertas con seguridad.

Recuperar el sistema eléctrico nacional no es solo un desafío técnico o presupuestario; es un compromiso ético con el futuro del país.

Quienes tienen en sus manos la capacidad técnica, la responsabilidad institucional y la visión estratégica para impulsar soluciones sostenibles para el sector eléctrico, sostienen también la posibilidad de devolverle a Venezuela su dinamismo. Invertir, modernizar y planificar con visión de futuro en la infraestructura eléctrica es reencender el motor de la productividad, devolver la certidumbre a la economía y garantizar el bienestar que cada ciudadano merece para desarrollarse plenamente.

Por: Ada Charles
Abogado, madre, esposa, hija, hermana, amante de la Libertad y Concejal de Lechería.

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