Hay momentos en que la naturaleza nos recuerda lo vulnerables que somos. El eco de los terremotos aún resuena en nuestra mente, y el desespero de los minutos que cuentan bajo los escombros para salvar vidas nos encienden de angustia.
Sentir el temor en carne propia, ver el dolor de la pérdida y la incertidumbre del mañana es una carga muy pesada para todos.
Sin embargo, si algo nos ha enseñado la historia y nuestra propia esencia, es que no hay grieta en la tierra más grande que la voluntad.
Y que muchas pequeñas acciones por muchas personas logran grandes transformaciones.
Este es un llamado profundo a la solidaridad, a mirarnos a los ojos y reconocernos como la gran familia que somos. Es el momento de tender la mano a nuestro hermano venezolano, de compartir el pan, el cobijo o simplemente un abrazo que sostenga el llanto.
La resiliencia no es solo resistir la tormenta; es la capacidad de levantarnos de entre los escombros con más fuerza, dignidad y amor que antes.
No permitamos que el miedo nos robe el ánimo. Mantengamos la Fe intacta y la esperanza encendida como una llama que ningún temblor pueda apagar.
De las crisis más duras siempre brota lo mejor de los ciudadanos: la nobleza, el heroísmo anónimo y esa hermandad inquebrantable que nos define.
Fuerza, Venezuela. Nos vamos a reponer, nos vamos a reconstruir y lo haremos juntos, mano a mano, hombro a hombro. Porque cuando los venezolanos nos unimos no hay suelo que tiemble que pueda derrumbar nuestra esperanza.
Por: Ada Charles
Abogado, madre, esposa, hija, hermana, amante de la Libertad y Concejal de Lechería.
